miércoles, 29 de abril de 2009

¡CON O SIN MASCARILLA!

De: Henry M. Cabello

Había comenzado a escribir unas líneas para lamentar el fallecimiento de varios amigos y algunas reflexiones sobre los muertos y de pronto recordé el recorte del presupuesto de las universidades. Ni siquiera en la época de las guerrillas un gobierno asoló tanto a las universidades. A pesar de que en los dormitorios y en las sedes de las FCU, se refugiaban, armados hasta los dientes, los guerrilleros urbanos, y escondían pertrechos militares, materiales para la fabricación de bombas y niples y toneladas de propaganda subversiva.

Todo eso le consta a una buena parte de quienes hoy ocupan cargos de diversa importancia en el gobierno. Porque eran ellos los que se refugiaban tras los muros universitarios. Solo que ahora la táctica es distinta: muerte por sofocación y estrangulamiento. Todo pareciera ser parte de un macabro plan destinado a lograr la confrontación callejera entre el gobierno y la oposición. ¿Pero qué es la oposición?

Le diré, amigo lector, que si usted no forma parte de las hordas chavistas, o si no es usted parte de eso que llaman, eufemísticamente, el “chavismo light”, usted forma parte de la oposición. Incluso si es usted uno de los tantísimos venezolanos que dice no estar interesado en la política. Porque gracias al maniqueísmo y a las artimañas verbales del dictador, si usted no está con él, entonces está contra el. Y no lo digo yo. Lo dijo el.

Pero, preguntará usted: ¿Qué es eso de dictador? ¿Acaso no escribe usted ese montón de boludeces contra el gobierno y se las publican todas las semanas? ¡Eso no puede ser una dictadura! ¿Y donde están los muertos, los desaparecidos, los torturados, los exiliados…? Ah, bueno, permítame explicarme. Todo el poder en una sola persona, me suena a nazismo. Los nazis decían “El Estado es superior al individuo. Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado”. Los nazis decían que eran el gobierno del pueblo. Y el pueblo era Hitler. Solo que Hitler permitía que algunos individuos se enriquecieran a su sombra, siempre que le fueran leales. Para 1939, millones de alemanes creían en Hitler y lo adoraban como su gran salvador.

Hitler no se consideraba un dictador. Era el “Salvador” del pueblo. Una gigantesca y bien aceitada maquinaria propagandística hacía ver que los enemigos de la patria eran los comunistas y los judíos. En 1933 Hitler ganó las elecciones pero solo tenía una débil mayoría en el Congreso y quería que se le aprobaran unas Leyes Habilitantes. Para lograrlo, expulsó a 81 diputados comunistas y compró el voto de otros partidos.

Frente a ese congreso, el Fuhrer decía que su causa era la causa del pueblo, de la justicia y la prosperidad. Cambiaba los nombres de todo y proponía nuevos nombres y vocablos. La noche del 9 de noviembre de 1938, las hordas nazis destruyeron las tiendas de los judíos y asesinaron un buen número de ellos. Se conoció como la “Noche de los cristales rotos”. Pero el pueblo alemán estaba contento. Todos podían comprar un Volkswagen por 950 marcos. Todos tenían empleo (aunque se lo hubieran quitado a un judío). La autonomía de los Estados ya no existía, el partido Nazi era el único partido, se cambió la educación por el adoctrinamiento y los militares pasaron a ocupar la posición de privilegio en la sociedad. “El pueblo en armas” era el corazón del proceso. Un proceso que le costó al mundo más de 10 millones de muertos. ¿Hay que esperar a contabilizar muertos para salir de esta pesadilla? Y, créame, amigo lector, eso es mucho peor que la gripe porcina. Y es la mejor razón para salir a marchar este primero de mayo. Defender la constitución y nuestros derechos ciudadanos ¡Con o sin mascarilla
!

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